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Somwhere over the Rainbow

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La Ley de Retribucion o la Ley de la Siembra y la Cosecha

¿Qué es el karma?

Para tratar de estudiarlo es preciso hacerlo antes con la Ley que lo rige y que se denomina Ley de Acción y Reacción, de Retribución, de Consecuencia, de Causa y Efecto o, ajustándonos a lo dicho arriba, Ley del Karma.

La Ley de Karma es una ley cósmica, es decir, que excede los límites de nuestro sistema planetario y que tiene bajo su ámbito de aplicación a todos los seres, por lo menos, del Séptimo Plano Cósmico, dado que todos ellos están evolucionando y, por tanto, son aún imperfectos y, como tales, cometen errores que ponen en funcionamiento la Ley de Consecuencia, que precisamente tiene por finalidad, enseñarnos el correcto Camino de Retorno a la Casa del Padre. Por eso, en nuestro Servicio del Templo, se nos dice que “los Señores del Destino están por encima de todo error.”

LA LEY DEL KARMA

La Ley del Karma, de Acción y de Reacción o de Retribución, que de las tres maneras se llama, es la forma más justa y más fructífera para promover nuestra evolución. Cualquier otro medio no sería tan efectivo.

Con el Karma, el espíritu ve cuál es la causa de su sufrimiento y aprende lo que es negativo para no repetirlo. Es, por otra parte, una Ley que rige en toda la Creación.

Cada uno de nosotros somos responsables del cuerpo que tenemos, que no es sino una consecuencia o condensación de acciones del pasado. Es un simple vehículo vagamente apropiado del Espíritu. Un vehículo en el verdadero sentido del término, ya que sirve para trasladar al espíritu, una obra de artesanía cuyo artesano es el propio Espíritu. Y su conducta, actitudes y moral, presentes como pasadas, se encuentran reflejadas en él.

El Karma no es, en modo alguno, “fatalismo”

Su acción depende de nosotros mismos. Cada hombre es su propio legislador y su propio verdugo. Cada hombre decide, con entera libertad, su propia gloria o su propia oscuridad, su “premio” o su “castigo”.

Tampoco es “azar”

Al contrario, es el ejercicio de la libre voluntad ya que, quien inicia libremente una acción física, de deseos o mental, es responsable de sus consecuencias y efectos que, antes o después, revertirán a su autor.

Como todo en el universo está entrelazado, mezclado y relacionado con todo lo demás, y no hay nada ni nadie que pueda existir aislado y por sí mismo, necesariamente los demás se ven afectados, de un modo o de otro y en mayor o menor grado, por las causas puestas en movimiento por cualquier individuo.

Como los más próximos son los que se ven más y con más frecuencia influenciados, se producen en las familias, en los grupos, en los pueblos, determinadas afinidades y tendencias recíprocas que se autoalimentan y dan lugar a lo que se llama el karma familiar, de los pueblos o de las razas, y que afecta, directa y especialmente, a sus miembros.

Tampoco en estos casos cabe decir que el karma “castiga” o “premia” porque su acción es totalmente aséptica y justa, formando parte de los mecanismos de la naturaleza y, por tanto, pudiendo remontarse a la causa primera, que es la armonía pura.

Esto es verdaderamente consolador para el hombre, porque nos hace ver que no dependemos necesariamente de nadie, que cada uno puede forjar su destino y que, realmente, eso es lo que se espera de él, puesto que puede elaborarlo favorable o no, manejando las energías de la naturaleza, poderosas y subyacentes a todo, actuando a su favor y convirtiéndose en colaborador de Dios o actuando contra ellas y retrasando su propia evolución.

San Pablo dice claramente que: “Aquello que el hombre siembre, eso recogerá”.

Desde este punto de vista, la enfermedad es un mecanismo “purificador”.

Sabemos que el Espíritu, el Yo Superior cuenta, para evolucionar, con sus vehículos inferiores (cuerpos físico, etérico, de deseos y mental), que constituyen la Personalidad, y que estos vehículos están dominados por el Cuerpo de Deseos, debido a la actuación de los Luciferes, y que ha de dominar ese cuerpo de Deseos y los hábitos perniciosos que ha adquirido, para poder regir la propia Personalidad y espiritualizar sus distintos componentes.

Ésa es la misión del karma. Y ésa es, en otra escala, la finalidad de la enfermedad: Si los hábitos negativos durante varias vidas hacen imposible el dominio de la Personalidad por el Espíritu, la enfermedad, con los sufrimientos que produce y con lo que significa en la vida y el tiempo, y el incentivo para la reflexión y la meditación que proporciona, hace que la Personalidad recapacite y dé un paso adelante hacia su espiritualización.

Por ejemplo: Si una persona tiene tendencia a comer en exceso, la indigestión le hará tener cuidado la próxima vez y, si no lo hace, vendrá la úlcera y luego el cáncer o cualquier otra dolencia, según el karma que se haya ido acumulando. Por eso, si bien hay un número determinado de enfermedades, no hay dos enfermos iguales, aunque sean víctimas de la misma dolencia, porque cada uno arrastra multitud de pequeñas causas, totalmente distintas de las de los demás, pero que le han llevado a padecer la misma consecuencia, o sea, la misma enfermedad. Por eso también la curación debe ser personalizada.

Y si se quiere realmente curar la enfermedad y no sus síntomas, hay que buscar sus causas kármicas y cambiar el carácter del enfermo (su conducta física, emocional y mental) para que deje de
La finalidad última, pues, de la enfermedad es la de proporcionar al enfermo una oportunidad de progresar en su evolución.

Una causa puesta en movimiento sólo puede ser neutralizada con su efecto. La causa principal de las enfermedades estriba en el egoísmo. El egoísmo, en todas sus vertientes (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza) hace casi imposible al Yo Superior conectar con la Personalidad.

Por eso aquél recurre a la enfermedad que, en cierto modo, rompe la dependencia de la corrupción y aligera el aura de cosas materiales, pues nos hace ver que no son permanentes y que, a la hora de morir, las dejaremos todas y, por tanto, no vale la pena perder la vida por poseerlas.

Como el problema radica en el Cuerpo de Deseos, es decir, el vehículo de las emociones, los sentimientos, los deseos y las pasiones, quien se deje llevar por ellas, será más propenso a la enfermedad. Y quien, concienciado del funcionamiento oculto del hombre, les haga frente y las domine y se forje un carácter fuerte y positivo, será inmune a ella.

La ley de Retribución actúa apenas cualquier ser autoconsciente pone en movimiento cualquier energía, sea ésta física, etérica, de deseos, mental o espiritual. Responde, por tanto, al ejercicio del libre albedrío por cualquier ser.
Realmente, esta ley actúa solamente sobre el que ha de sufrir los efectos de la puesta en movimiento de cualquier clase y cantidad de energía.
Esta ley existe desde la eternidad y en ella, porque es la eternidad misma. Y, no puede decirse que obra, porque es la Acción misma.
Sus efectos son inevitables, ya que las leyes cósmicas son parte de la voluntad divina.

¿Cómo se borra el karma?

El karma no es un acontecimiento inevitable. Para combatirlo hay que:

1.- Buscar su causa, siempre negativa.

2.- Desarrollar las cualidades del polo opuesto a la causa descubierta.

3.- Practicar la inofensividad para detener la creación de causas, y evitar la recaída.

4.- Dar los pasos físicos necesarios para hacer lo que el Espíritu ansía:
Y se consigue mediante el ejercicio , denominado Retrospección, que hace, precisamente, todo eso cada noche y logra, además, borrar del átomo simiente del cuerpo físico, todos aquellos pensamientos, palabras, deseos, sentimientos, emociones y actos negativos de la jornada, impidiendo así tener que vivir sus consecuencias.

Utilidad del karma

Despierta y desarrolla el discernimiento, la voluntad, las virtudes y la conciencia, con lo que evolucionamos ininterrumpidamente por el buen camino.

Esa utilidad puede ser:
a.- Inmediata, si nos damos cuenta o, luego, en la Retrospección.
b.- Remota, si esperamos al purgatorio.

El karma es, pues, el único medio que los seres imperfectos tenemos para evolucionar. Y hemos de considerarlo como una herramienta valiosísima, sin la cual no habríamos llegado a lo que somos ni podríamos aspirar a lo que deseamos ser. (seres plenos de LUZ)

Fuente: El Karma, Qué es, y como Funciona? escritos de Francisco M. Nácher

 

La humanidad, un ser colectivo

Partiendo de la base de que nuestro Yo Superior, nuestro Triple Espíritu posee una conciencia grupal, es decir, no es individualmente consciente, y ésa, la individualización, es una de las finalidades de la evolución, como nos dice nuestra filosofía, se comprende fácilmente que todos nuestros actos, aún los aparentemente más nuestros y exclusivos, no dejen de ser una labor colectiva. Porque hubieran sido imposibles sin el concurso de los demás.

De ahí la responsabilidad colectiva y de ahí el karma colectivo

Porque, en el fondo y sin quererlo ni saberlo, somos un ser colectivo.
Y, por eso, un hombre solo, no puede evolucionar.

Y por eso los Hermanos Mayores se preocupan por la Humanidad en su conjunto y no por los individuos, y sólo ayudan o utilizan a éstos en tanto en cuanto esa utilización redunda en el bien de todos.

A lo largo de la evolución hemos sido dirigidos, pero también compenetrados, por los Espíritus de raza, de la misma manera como nosotros ahora compenetramos y dirigimos las células de nuestro cuerpos. Pero, además, a nivel de oleada de vida, también nos ocurre lo mismo desde el momento en que “en Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”.

En ningún momento dejamos de necesitar y ser necesitados por los demás y de, a la vez, constituir centros de conciencia de otro ser mayor que nosotros, o de estar constituidos por centros de conciencia de otros seres menores que nosotros.

Necesitamos a los demás para ser buenos o malos o mejores o peores o altos o bajos o tontos o inteligentes… y hasta para ser. Porque, ¿cómo podríamos ser sin padres, sin alimentos, sin semejantes, sin un Creador?

El único que no necesita de los demás y, por tanto, el único ser unipersonal y autosuficiente es el Absoluto.

Vivimos, pues, gracias a los demás y en función de los demás.

Incluso nuestros cuerpos son seres colectivos, miríadas de células o centros de conciencia individuales, pero todos dependientes de los demás e incapaces de vida individual sin la ayuda de los demás. Y, “como abajo, es arriba”.

Nuestros pensamientos, palabras y actos, pues, no sólo dependen de los demás, sino que también les afectan y van destinados a los ellos
Por eso nos resulta tan difícil la introspección y el conocimiento de nosotros mismos como seres aislados. Porque ni lo somos ni lo estamos.

Ése es el significado oculto del Lavatorio de Pies de Cristo a Sus discípulos. Porque, sin discípulos es imposible el Maestro. Todos nos hemos de apoyar en otros para subir, en cualquier sentido, y de ahí nuestra obligación de ayudar a los que van detrás.

Porque, ¿qué pensador o escritor o artista no se ha basado en alguna creación anterior a él? ¿Y qué científico no ha partido de conocimientos anteriores a él? ¿Y qué político no ha heredado algo que han hecho otros? ¿Y qué hombre no debe gran parte de lo que es al esfuerzo de los demás?

Esa imposibilidad de prescindir de los demás es la clave, la base y la explicación del amor, que es la necesidad del otro, activa o pasivamente, que empieza siendo proyectado sobre un solo ser pero que, luego, va ampliando su campo de acción a la familia, la nación, la raza, hasta hacerse casi perfecto al incluir a toda la Humanidad y, más tarde, alcanzar la perfección al abarcar a toda la Creación, extendiéndose finalmente al propio Creador, en un proceso lógico, natural e inevitable de sucesivas ampliaciones de conciencia, que cierra el círculo y nos sitúa en el origen, en Dios, pero plenamente desarrollados.

¿POR QUÉ HE DE AMAR A MI ENEMIGO?

¿Cómo se justifica lo de “amad a vuestros enemigos” si no es porque los enemigos y nosotros mismos somos uno?

Cristo dijo: “Se os ha enseñado amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra”. ¿Por qué?

Si no somos nada uno del otro ni hemos de tener nunca nada en común, ¿por qué razón voy a querer al que mata a los míos? Es antinatural… salvo que haya una razón suficiente.
Si sólo tenemos esta vida, si no lo voy a ver más, ¿por qué he de amarlo y devolverle bien por mal? Si somos enteramente libres y no existe el karma, ¿por qué he de soportar con alegría las desgracias que caen sobre mí?

Lo único que justifica una actitud así es el que exista una ley natural que haga que cada uno recoja las consecuencias, buenas o malas, de lo que haga, y una verdad que consista en que nuestro espíritu, creado a imagen y semejanza de Dios, y dotado por Él de libre albedrío, viva una serie de vidas y haga una serie de cosas, basado en su libertad, y cometa errores y, gracias a la Ley de Retribución, aprenda que eran errores y que no debe repetirlos; y, sobre todo ello, una grandísima verdad que subyace a todo:

Todos somos partes de Dios y, por tanto, dioses en formación y, por tanto, todos somos uno en Él, porque todos y todo constituimos un gran Uno, y lo que hacemos a otros, bueno o malo, a nosotros mismos nos lo hacemos. “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber ¿cuándo hicimos eso, Señor?… cuando disteis de comer al hambriento y de beber al sediento” (Mateo 25:40).

TODO REPERCUTE EN TODO

La naturaleza, el Cosmos, y con él cuanto existe, cuanto es en el plano físico, en el astral, en el mental o en cualquier otro superior o inferior, constituye un todo, que es manifestación de Dios y, por tanto, Dios. Toda la Creación es Dios, aunque Dios no es la Creación, puesto que ésta no lo agota.

Cada pequeño detalle, pues, deja de serlo cuando se da uno cuenta de que todo, absolutamente todo, es importante en el plan divino, de que no hay nada innecesario ni superfluo, de que todo está ordenado a un fin. Eso lo han predicado todas las religiones desde hace milenios, aunque ahora, recientemente, el hombre lo haya bautizado con el sugestivo nombre de “el efecto mariposa”. Recordemos a Mateo en 10:29: “Ni un solo gorrión cae del árbol sin que mi Padre lo disponga”.

TODOS, UNO

En los niveles superiores hay un pacto de amor y de ayuda entre el cordero y el lobo, que se traduce, en el plano físico, en el sacrificio de aquél en beneficio de éste. No supone, pues, ese sacrificio, ningún fallo en el plan divino, sino la confirmación de que todos formamos un solo Uno y, por tanto, todos nos ayudamos en la evolución.

En todos los colectivos, los lideres, que son siempre los menos, se sacrifican por los más, abriendo senderos que luego transitarán todos.

Pero esos líderes, sin la ayuda de quienes les precedieron y les proporcionaron ideas y sistemas y medios, sin el sacrificio, pues, de sus antecesores, no serían líderes ni abrirían nuevas veredas ni construirían nuevos escalones para todos, en el sendero ascendente de la evolución común.

Esos pactos en los planos espirituales, se traducen luego, aquí, en la familia que se sacrifica por los hijos; o en el héroe que, en el campo de batalla, arriesga e incluso pierde la vida para salvar la del compañero; o en el cobijo o la ayuda de cualquier clase en tiempos de persecución; o en el maestro sacrificado que dedica toda su energía a enseñar a sus discípulos, por encima incluso de sus posibilidades; o en cualquiera de los mil modos que existen de ayudar a los demás.

Esos pactos, no recordados aquí, pero que siguen vigentes en nuestra alma, nos hacen tender a determinadas actuaciones, aspirar a determinadas posturas, y nos crean ese vacío interior tan doloroso cuando fallamos y dejamos pasar una ocasión.

Ésa es la causa de la desazón que nos acomete cuando dejamos de dar una limosna que nuestro corazón nos inclinaba a dar, o de decir una palabra amable o de mostrar simpatía o amor o compasión o, incluso, sentido de responsabilidad. O de pedir disculpas a tiempo…

Hemos de aprender a mirar, con los ojos del alma, por encima de los sentidos.

Sólo así descubriremos el mecanismo y el sentido de la vida y ésta nos parecerá algo maravilloso, perfecto, acabado y armónico.

Podría pensarse que Judas tenía un pacto anterior con Jesús para entregarlo en el momento oportuno. Fijémonos sino en las palabras del propio Cristo en Juan 17:12-13: “…Padre… Tú me los confiaste, yo los tuve seguros y ninguno se perdió, excepto el que tenía que perderse para que se cumpliera la Escritura” Luego, sin embargo, una vez cumplida su “misión”, se equivocó al ahorcarse, por haber olvidado aquel pacto, por la causa que fuera, y haber contemplado su acción con los ojos terrenales.

La ley del karma se halla inextricablemente ligada a la del renacimiento.

Porque, bien mirado, nosotros somos el efecto de una causa que fue una forma mental divina y, como tal efecto, somos karma divino y por eso hemos de regresar al origen, es decir, al Padre. Y, por eso la existencia es karma.

El único decreto eterno e inmutable es la Armonía absoluta, tanto en el mundo material como en el espiritual. Por eso, ningún hombre puede hacer un progreso definido y especializado, sin que su hermano se beneficie. Este beneficio se concreta en:

a.- El acrecentamiento de la conciencia total del grupo.
b.- El estimulo para las unidades del grupo.
c.- El magnetismo grupal que produce acrecentados efectos curativos y fusionadores sobre los grupos afines.

Todo el que se esfuerza por alcanzar la maestría y trabaja para expandir su conciencia, produce algún efecto, en espirales cada vez más amplias, sobre aquellos con los que se pone en contacto, ya sean ángeles, hombres o animales.

Puede ser que no lo sepa y que sea totalmente inconsciente de las sutiles emanaciones estimulantes que surgen de él, pero, a pesar de ello, la Ley actúa.

 

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El Tiempo

Tiempo

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Para otros usos de este término, véase Tiempo (desambiguación).

Un reloj es cualquier dispositivo que puede medir el tiempo transcurrido entre dos eventos que suceden respecto de un observador.

El tiempo es la magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos sujetos a cambio, de los sistemas sujetos a observación, esto es, el período que transcurre entre el estado del sistema cuando éste aparentaba un estado X y el instante en el que X registra una variación perceptible para un observador (o aparato de medida). Es la magnitud que permite ordenar los sucesos en secuencias, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y da lugar al principio de causalidad, uno de los axiomas del método científico. El tiempo ha sido frecuentemente concebido como un flujo sucesivo de situaciones atomizadas en la realidad.

Su unidad básica en el Sistema Internacional es el segundo, cuyo símbolo es s (debido a que es un símbolo y no una abreviatura, no se debe escribir con mayúscula, ni como “seg”, ni agregando un punto posterior).

El concepto físico del tiempo

Dados dos eventos puntuales E1 y E2, que ocurren respectivamente en instantes de tiempo t1 y t2, y en puntos del espacio diferentes P1 y P2, todas las teorías físicas admiten que éstos pueden cumplir una y sólo una de las siguientes tres condiciones:

  1. Es posible para un observador estar presente en el evento E1 y luego estar en el evento E2, y en ese caso se afirma que E1 es un evento anterior a E2. Además, si eso sucede, ese observador no podrá verificar 2.
  2. Es posible para un observador estar presente en el evento E2 y luego estar en el evento E1, y en ese caso se afirma que E1 es un evento posterior a E2. Además si eso sucede, ese observador no podrá verificar 1.
  3. Es imposible, para un observador puntual, estar presente simultáneamente en los eventos E1 y E2. .

Dado un evento cualquiera, el conjunto de eventos puede dividirse según esas tres categorías anteriores. Es decir, todas las teorías físicas permiten, fijado un evento, clasificar a los eventos en: (1) pasado, (2) futuro y (3) resto de eventos (ni pasados ni futuros). La clasificación de un tiempo presente es debatible por la poca durabilidad de este intervalo que no se puede medir como un estado actual sino como un dato que se obtiene en una contínua sucesión de eventos. En mecánica clásica esta última categoría está formada por los sucesos llamados simultáneos, y en mecánica relativista, por los eventos no relacionados causalmente con el primer evento. Sin embargo, la mecánica clásica y la mecánica relativista difieren en el modo concreto en que puede hacerse esa división entre pasado, futuro y otros eventos y en el hecho de que dicho carácter pueda ser absoluto o relativo respecto al contenido de los conjuntos.

El tiempo en mecánica clásica

En la mecánica clásica, el tiempo se concibe como una magnitud absoluta, es decir, es un escalar cuya medida es idéntica para todos los observadores (una magnitud relativa es aquella cuyo valor depende del observador concreto). Esta concepción del tiempo recibe el nombre de tiempo absoluto. Esa concepción está de acuerdo con la concepción filosófica de Kant, que establece el espacio y el tiempo como necesarios por cualquiera experiencia humana. Kant asimismo concluyó que el espacio y el tiempo eran conceptos subjetivos. Cada observador hará una división tripartita de los eventos clasificándolos en: (1) eventos pasados, (2) eventos futuros y (3) eventos ni pasados y ni futuros, la mecánica clásica y la física pre-relativista asumen:

  1. Fijado un acontecimiento concreto todos los observadores sea cual sea su estado de movimiento dividirán el resto de eventos en los mismos tres conjuntos (1), (2) y (3), es decir, dos observadores diferentes coincidirán en qué eventos pertenecen al pasado, al presente y al futuro, por eso el tiempo en mecánica clásica se califica de “absoluto” porque es una distinción válida para todos los observadores (mientras que en mecánica relativista esto no sucede y el tiempo se califica de “relativo”).
  2. En mecánica clásica, la última categoría, (3), está formada por un conjunto de puntos tridimensional, que de hecho tiene la estructura de espacio euclídeo. Dados dos eventos se llaman simultáneos fijado uno de ellos el segundo es un evento de la categoría (3).

Aunque dentro de la teoría especial de la relatividad y dentro de la teoría general de la relatividad, la división tripartita de eventos sigue siendo válida, no se verifican las últimas dos propiedades:

  1. El conjunto de eventos ni pasados ni futuros no es tridimensional
  2. No existe una noción de simultaneidad indepediente del observador como en mecánica clásica.

El tiempo en mecánica relativista

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En mecánica relativista la medida del transcurso del tiempo depende del sistema de referencia donde esté situado el observador y de su estado de movimiento, es decir, diferentes observadores miden diferentes tiempos transcurridos entre dos eventos causalmente conectados. Por tanto, la duración de un proceso depende del sistema de referencia donde se encuentre el observador.

De acuerdo con la teoría de la relatividad, fijados dos observadores situados en diferentes marcos de referencia, dos sucesos A y B dentro de la categoría (3) (eventos ni pasados ni futuros), pueden ser percibidos por los dos observadores como simultáneos, o puede que A ocurra “antes” que B para el primer observador mientras que B ocurre “antes” de A para el segundo observador. En esas circunstancias no existe, por tanto, ninguna posibilidad de establecer una noción absoluta de simultaneidad independiente del observador. Según la relatividad general el conjunto de los sucesos dentro de la categoría (3) es un subconjunto tetradimensional topológicamente abierto del espacio-tiempo. Cabe aclarar que esta teoría sólo parece funcionar con la rígida condición de dos marcos de referencia solamente. Cuando se agrega un marco de referencia adicional, la teoría de la Relatividad queda invalidada: el observador A en la tierra percibirá que el observador B viaja a mayor velocidad dentro de una nave espacial girando alrededor de la tierra a 7,000 kilómetros por segundo. El observador B notará que el dato de tiempo que da su reloj se ha desacelerado y concluye que el tiempo se ha dilatado por causa de la velocidad de la nave. Un observador C localizado fuera del sistema solar, notará que tanto el hombre en tierra como el astronauta girando alrededor de la tierra, están viajando simultáneamente -la nave espacial y el planeta tierra- a 28,000 kilómetros por segundo alrededor del sol. La más certera conclusión acerca del comportamiento del reloj en la nave espacial, es que ese reloj está funcionando mal, porque no fue calibrado ni probado para esos nuevos cambios en su ambiente. Esta conclusión está respaldada for el hecho que no existe prueba alguna que muestre que el tiempo es objetivo.

Sólo si dos sucesos están atados causalmente todos los observadores ven el suceso “causal” antes que el suceso “efecto”, es decir, las categorías (1) de eventos pasados y (2) de de eventos futuros causalmente ligados sí son absolutos. Fijado un evento E el conjunto de eventos de la categoría (3) que no son eventos ni futuros ni pasados respecto a E puede dividirse en tres subconjuntos:

(a) El interior topológico de dicho conjunto, es una región abierta del espacio-tiempo y constituye un conjunto acronal. Dentro de esa región dados cualesquiera dos eventos resulta imposible conectarlos por una señal luminosa que emitida desde el primer evento alcance el segundo.
(b) La frontera del futuro o parte de la frontera topológica del conjunto, tal que cualquier punto dentro de ella puede ser alcanzado por una señal luminosa emitida desde el evento E.
(c) La frontera del pasado o parte de la frontera topológica del conjunto, tal que desde cualquier punto dentro de ella puede enviarse una señal luminosa que alcance el evento E.

Las curiosas relaciones causales de la teoría de la relatividad, conllevan a que no existe un tiempo único y absoluto para los observadores, de hecho cualquier observador percibe el espacio-tiempo o espacio tetradimensional según su estado de movimiento, la dirección paralela a su cuadrivelocidad coincidirá con la dirección temporal, y los eventos que acontecen en las hipersuperficies espaciales perpendiculares en cada punto a la dirección temporal, forman el conjunto de acontecimientos simultáneos para ese observador.

Lamentablemente, dichos conjuntos de acontecimientos percibidos como simultáneos difieren de un observador a otro.

Dilatación del tiempo

Artículo principal: Dilatación del tiempo

Si el tiempo propio es la duración de un suceso medido en reposo respecto a ese sistema, la duración de ese suceso medida desde un sistema de referencia que se mueve con velocidad constante con respecto al suceso viene dada por:

 \Delta t^\prime = \frac{\Delta t_i}{ \sqrt{1-\frac{v^2}{c^2}}}

El tiempo en mecánica cuántica

En mecánica cuántica debe distinguirse entre la mecánica cuántica convencional, en la que puede trabajarse bajo el supuesto clásico de un tiempo absoluto, y la mecánica cuántica relativista, dentro de la cual, al igual que sucede en la teoría de la relatividad, el supuesto de un tiempo absoluto es inaceptable e inapropiada

El tiempo en mecánica hiperondulatoria

En la teoría de la mecánica hiperondulatoria el concepto del tiempo es un campo escalar, aunque guarda similitud con el concepto relativista, pero solo para fenómenos gravitatorios, no así para fenómenos inerciales, basándose éste en una estructura geométrica de tres dimensiones. El devenir del tiempo en esta teoría contempla las diferentes categorías (pasado, presente y futuro) como coordenadas geométricas dentro de un espacio temporal ya dado (entramado de tiempo), dichas categorías serían puntos en las diferentes capas de la cronósfera, similar de alguna manera a los anillos de crecimiento en el tronco cortado de un árbol. Dicha teoría considera la flecha del tiempo y la variación de la entropía una mera percepción humana.

La flecha del tiempo y la entropía

Artículo principal: Flecha del tiempo

Se ha señalado que la dirección del tiempo está relacionada con el aumento de entropía, aunque eso parece deberse a las peculiares condiciones que se dieron durante el Big Bang. Aunque algunos científicos como Penrose han argumentado que dichas condiciones no serían tan peculiares si consideramos que existe un principio o teoría física más completa que explique por qué nuestro universo, y tal vez otros, nacen con condiciones iniciales aparentemente improbables, que se reflejan en una bajísima entropía inicial.

La medición del tiempo

Reloj de sol, de bolsillo.

La cronología (histórica, geológica, etc.) permite datar los momentos en los que ocurren determinados hechos (lapsos relativamente breves) o procesos (lapsos de duración mayor). En una línea de tiempo se puede representar gráficamente los momentos históricos en puntos y los procesos en segmentos.

Las formas e instrumentos para medir el tiempo son de uso muy antiguo, y todas ellas se basan en la medición del movimiento, del cambio material de un objeto a través del tiempo, que es lo que puede medirse. En un principio, se comenzaron a medir los movimientos de los astros, especialmente el movimiento aparente del Sol, dando lugar al tiempo solar aparente. El desarrollo de la astronomía hizo que, de manera paulatina, se fueran creando diversos instrumentos, tales como los relojes de sol, las clepsidras o los relojes de arena y los cronómetros. Posteriormente, la determinación de la medida del tiempo se fue perfeccionando hasta llegar al reloj atómico. Todos los relojes modernos desde la invención del reloj mecánico, han sido construidos con el mismo principio del “tic tic tic”. El reloj atómico está calibrado para contar 9,192,631,770 vibraciones del átomo del Cesium para luego hacer un “tic”

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CASUISTICA

Casuística

 

Casuística en ética aplicada refiere al razonamiento basado en casos. Se utiliza en cuestiones éticas y jurídicas, y a menudo representa una crítica del razonamiento basado en principios o reglas.[1]

Los críticos usan el término peyorativamente refiriendo al uso limitado de la inteligencia sin suficiente razón, especialmente en relación a cuestiones morales (ver sofisma ). La casuística es utilizar la razón para resolver problemas morales aplicando reglas teóricas a instancias específicas.

Ejemplos

Por ejemplo, mientras que un enfoque basado en principios puede alegar que mentir es siempre moralmente incorrecto, la Casuística diría que, dependiendo de los detalles del caso, mentir podría o no ser legal o ético. Sería posible concluir que una persona se equivoca al mentir mientras presta testimonio bajo juramento, pero casuísticamente mentir en tal circunstancia sería una opción moralmente mejor si con ello se salva una vida. Thomas Sanchez y otros desarrollaron sobre el particular una doctrina de reserva mental. Para la casuística las circunstancias del caso son fundamentales para evaluar la propia responsabilidad.

El razonamiento casuístico parte de un claro caso paradigmático[2] En el ámbito legal, por ejemplo, puede considerarse algún «precedente» incluido en la jurisprudencia. Desde allí el casuista analizará el grado de correlación entre el caso en estudio y el modelo: casos iguales serán tratados igual que el paradigma, no así los que resulten distintos. En consecuencia, un hombre deberá ser culpado de asesinato premeditado si las circunstancias que rodean el caso se asemejan al modelo jurisprudencial de asesinato premeditado. Cuanto menor sea la semejanza entre el caso y el paradigma, mayor será la necesidad de justificar el tratamiento de «premeditado» en este ejemplo

Significados

La casuística es un método de razonamiento especialmente útil en analizar cuestiones que atañen a dilemas morales. También es una rama de la ética aplicada. Es así mismo la base de la jurisprudencia en el derecho común, y la forma estándar de razonamiento aplicada en el derecho común.

Moralidad y casuística

La casuística da un enfoque práctico a la moralidad. En lugar de utilizar la teoría como punto de partida, comienza con un examen del caso. Buscando paralelismos entre el paradigma, los llamados «casos puros», y el caso que nos ocupa, un casuista trata de determinar una respuesta adecuada a la moral para un caso particular.

La casuística se ha descrito como «teoría modesta». Una de sus fortalezas es que no comienza con ni enfatiza dogmas o teorías. No exige a sus cultores acuerdo previo sobre teorías éticas ni estrategias determinadas. Sí puede convenir en cambio que algunos paradigmas sean tratados de una forma determinada, y luego acordar en las similitudes o diferencias con el asunto tratado.

Como la mayoría de la gente esté sustancialmente de acuerdo en lo que refiere a las situaciones éticas abstractas, la casuística a menudo genera argumentos que logran persuadir a gente de diferente etnicidad, religión o creencias filosóficas a tratar casos particulares de igual manera. Por esta razón es considerada la base del derecho común.

Como contrapartida, es propensa a los abusos cuando se falsean las analogías con el paradigma.

Historia

En Occidente encontramos la casuística ya en época de Aristóteles (384-322 A.d.C.), pero su cenit se alcanzó entre 1550 y 1650 cuando los jesuitas la usaron extensivamente, en particular al practicar el sacramento de la confesión. El término casuística se volvió peyorativo con los ataques de Blaise Pascal sobre su mal uso. En Lettres provinciales (1656-7)[3] reprendió a los jesuitas por el uso del razonamiento casuístico en confesiones que permitían relativizar los pecados de los ricos donantes, mientras se castigaba a los penitentes pobres. Pascal denunció que los penitentes de la aristocracia podían cometer un pecado un día, reiterar la falta al día siguiente, donar generosamente al tercer día, luego volver a confesar los pecados y recibir la pena mas leve. La crítica de Pascal empañó la reputación del método. Desde el Siglo XVII la casuística ha sido considerada ampliamente como una forma degenerada de pensamiento: los críticos hacen hincapié en su argumentación compleja y malintencionada.

No fue hasta la publicación de «El abuso de la casuística: historia del razonamiento moral» (1988) por Albert Jonsen y Stephen Toulmin,[4] que ocurrió una revaloración del método. Los autores señalaron que el problema radica en el abuso de la casuística, no en ella misma: propiamente usada, la casuística es un método poderoso de razonamiento.

Toulmin y Jonsen presentan a la casuística como un método eficaz para resolver la contradicción de principios entre absolutismo y relativismo: «la forma de razonamiento constitutiva de la retórica clásica casuística es el razonamiento».[5] Por otra parte, el utilitarismo y el pragmatismo comúnmente se identifican como filosofías que emplean el razonamiento retórico de la casuística.

[editar] Inicios de la era moderna

El método casuístico fue popular entre los pensadores de la Iglesia Católica a comienzos de la era moderna, no sólo entre los jesuitas como se piensa comúnmente. Algunos autores relevantes que la usaron fueron Antonio Escobar y Mendoza en su Summula casuum conscientiae (1627) que logró gran éxito, Thomas Sanchez, Vincenzo Filliucci (jesuita y miembro del Tribunal de la Penitenciaria Apostólica ), Antonino Diana, Paul Laymann (Theologia Moralis, 1625), John Azor (Institutiones Morales, 1600), Etienne Bauny, Louis Cellot, Valerius Reginaldus, Hermann Busembaum (fallecido en 1668) y muchos otros.

Una de las tesis principales de estos casuistas fue la necesidad de adaptar la rigurosa moral de los Padres de la Iglesia a la moral moderna, lo que llevó en muchos casos extremos a justificar lo que Inocencio XI luego llamó «moral laxa». (por ejmplo, justificación de la usura, homicidio, regicidio, mentira (mediante la doctrina de reserva mental), adulterio y pérdida de la virginidad antes del matrimonio, etc…todos ellos casos registrados por Pascal en sus críticas.

El progreso de la casuística se interrumpió hacia mediados del Siglo XVII por la controversia que produjo la doctrina probabilística, que estipulaba que uno podía seguir una «opinión probable», esto es, sustentada por la teología u otra, aun si contradecía una cita de los Padres de la Iglesia.La controversia dividió a los teólogos católicos en dos campos: rigoristas y laxistas.

Fue objeto de mucha desconfianza por parte de los primeros teólogos de la reforma Protestante, porque con ella se justificaban muchos de los abusos que pretendían modificar. Atacada por el Jansenismo, para mediados del Siglo XVIII la casuística era prácticamente sinónimo de laxitud moral.

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¿Que define nuestro caracter?

NOS HACEMOS CON NUESTRO HACER

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Los actos humanos suelen usarse como el centro de la reflexión moral, pero no podemos olvidar que estos actos se dan siempre en un contexto. Más que de actos aislados, cuando valoramos el comportamiento de las personas desde el punto de vista moral, tendemos a hablar globalmente de su conducta. La moral basada en la interpretación de actos aislados degenera en una casuística donde desaparece toda posibilidad de elaborar normas y principios generales.

Los hábitos o actitudes son predisposiciones constantes y adquiridas a actuar de un modo determinado ante una u otra situación. La repetición de actos similares es lo que produce la adquisición de actitudes o hábitos. Cuando hablamos de vicios y de virtudes nos referimos a hábitos moralmente malos y hábitos moralmente buenos respectivamente.

El conjunto de actitudes y hábitos de una persona forman lo que llamamos su carácter, su modo de ser moral. No hay que confundir el carácter, valorable moralmente, constituido por los hábitos y actitudes adquiridos, con el temperamento, que es una predisposición natural dada ya en las estructuras psíquicas de cada individuo. El carácter se construye a lo largo de la vida, mientras que el temperamento se desarrolla según unas pautas heredadas.

El carácter se construye. Y el carácter es, al fin y al cabo, lo que somos, ya que es lo que define nuestro modo de actuar y valorar. Es, pues, muy importante esta construcción, ¿cómo sucede? Vamos acumulando hábitos y actitudes a lo largo de nuestra vida dependiendo del tipo de cosas que hacemos. Dicho de otra manera, cada acto de nuestra vida es importante, porque contribuye a fortalecer o debilitar nuestros hábitos, a eliminarlos o a crear otros nuevos. Realizar acciones a las que no estamos acostumbrados cuesta mucho más trabajo que seguir unos hábitos bien asentados. Los hábitos adquiridos nos predisponen a realizar acciones semejantes a las que nos hicieron adquirirlos. De este modo se cierra el círculo: los actos llevan a los hábitos, el conjunto de éstos es el carácter y éste facilita o dificulta la adquisición de nuevos hábitos y, por tanto, la realización de los actos relacionados con los mismos.

Lo que somos, nuestro carácter moral, se construye a partir de lo que hacemos cotidianamente. Nos hacemos con nuestro hacer porque nuestro hacer construye nuestro modo de ser. Uno se convierte en un mentiroso porque se acostumbra a mentir, y puede dejar de serlo si hace un esfuerzo y comienza a decir la verdad habitualmente.

ACTIVIDAD 3: Cuando decidimos hacer “lo que todos hacen”, ¿qué hábito estamos creando?, ¿en qué tipo de persona nos estamos convirtiendo?.

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